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La historia invisible de la mujer en la ciencia: un viaje trepidante

La historia empieza con una médica egipcia, considerada como la “médica jefe” y termina con mujeres que se ven obligadas a elegir entre la maternidad y sus carreras investigadoras.

Hoy es el Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia. Una jornada dedicada a promover vocaciones científicas entre las más pequeñas, pero también a dar a conocer la figura de todas esas mujeres que a lo largo de la historia dedicaron la vida a la ciencia, a pesar de las trabas que suponía para ellas el simple hecho de pertenecer al sexo femenino.

Algunas consiguieron el reconocimiento que merecían, como Marie Curie con sus dos premios Nobel. Otras, en cambio, tuvieron que ver cómo otros eran premiados por los logros que ellas habían conseguido, a veces sin apenas tomar partido en ellos. Muchas puede que incluso cayeran en el olvido hasta el punto de que a día de hoy no se sepa quiénes son.

La mujer científica en la antigüedad

Normalmente se tiende a pensar que los derechos de las mujeres han mejorado con el tiempo y que, por lo tanto, cuánto más retrocedamos en la historia peor será el trato de la sociedad hacia las científicas. Sin embargo, en algunas civilizaciones antiguas, como la egipcia, muchas de ellas eran consideradas verdaderas eminencias.

De hecho, hay que mirar precisamente a esta época para encontrar el nombre de la primera mujer científica de la que existen registros:Merit Ptah. Vivió aproximadamente en 2.700 antes de Cristo, en el Antiguo Egipto. Si bien no se conservan documentos ni investigaciones escritos por ella, hay constancia de su existencia a través de una imagen en una tumba situada en una necrópolis cercana a la pirámide de Saqqara. Además, su hijo, que era sumo sacerdote, la describió como la “médico jefe”. Sí que hay algo más de información sobre Peseshet, a la que muchos conocen como la primera médica de la historia. Sin embargo, se cree que era al menos una generación más joven que Merit Ptah y, además, en ningún escrito se la cita como tal, sino como supervisora de las médicas de Egipto.

Más tarde, las mujeres empezaron a destacar también en otras disciplinas, como las matemáticas, la astronomía o la química. En la primera categoría destacó en el siglo VI antes de Cristo la Escuela Pitagórica, a la que podían asistir tanto hombres como mujeres. Entre ellas, una de las figuras más importantes fue la de Téano de Crotona, una matemática a la que se atribuyen varios textos de esta materia, pero también de otras, como la física o la medicina. Se conservan algunas de sus cartas y trabajos sobre poliedros y la proporción áurea. También se la conoce por ser posiblemente la mujer de Pitágoras, aunque sobran los motivos para recordarla por su trabajo, mucho más allá del hombre con el que se casó.

Edad Media: a la caza de brujas

Si bien en la antigüedad el trabajo de las científicas estaba bien reconocido, en la Edad Media la cosa cambió bastante, por lo que muchas mujeres dedicadas a la medicina o la alquimia fueron tachadas de brujas, perseguidas y ejecutadas por ello. Como mucho, se las dejaba trabajar como comadronas. A pesar de ello, sí que destaca el nombre de algunas médicas de esta época, como la italiana Trotula de Ruggiero. Fue la autora de varios escritos sobre medicina, especialmente en el área de la ginecología. Además, ejerció como profesora en la Escuela de Medicina de Salerno, un centro laico muy especial, por ser el único de este tipo que admitía la asistencia de mujeres.

Fue esta también la época en la que empezaron a construirse las primeras universidades de Europa. Sin embargo, en prácticamente ninguna se aceptaba que las mujeres asistieran a clase. Por eso, aquellas que quisieran realizar estudios superiores, tanto en ciencias como en otra materia, debían acudir a monasterios y conventos. En ellos, destacó la figura de profesoras como la abadesa Hildegarda de Bingen, quién también era abadesa, médica, compositora y filósofa.

Las mujeres en la Revolución Científica

Durante los siglos XVI y XVII tuvo lugar el periodo que a día de hoy se conoce como la Revolución Científica, con motivo de la notable evolución que experimentaron disciplinas como la biología, la física o la astronomía, en comparación con el periodo medieval.

En esta época destaca la figura de científicos como Isaac Newton o Galileo Galilei, pero también de muchas mujeres.

Seguía siendo un periodo complicado para aquellas que querían estudiar ciencia, pues las universidades seguían siendo reacias a acoger a mujeres en sus clases. Por eso, algunas de las mejores científicas de la época no estudiaron ninguna carrera. Este es el caso de la alemana María Sibylla Merian, quien en realidad solo había recibido formación artística. Como tal, destacó por el realismo de sus grabados y pinturas, entre los que destacaban las que realizaba después de observar concienzudamente las estampas que le ofrecía la naturaleza. Por este motivo, se la conoce como una de las primeras naturalistas de la historia, que además realizó grandes contribuciones al área de la entomología (la ciencia que estudia los insectos)

Ilustración: un poco de luz, pero no suficiente

Con la Ilustración, en el siglo XVIII las Universidades de toda Europa se vieron renovadas y algunas de ellas comenzaron a aceptar la entrada de mujeres. Fue así como empezaron a aparecer los primeros nombres de licenciadas y doctoras en disciplinas científicas. Una de las pioneras en conseguirlo fue lafísica italiana Laura Bassi, quien además se convirtió en la primera mujer en el mundo en ser nombrada catedrática universitaria en un campo científico de estudios. Este resurgir favoreció que aparecieran más mujeres científicas, pero no que se las tomara en serio en el mundo laboral. De hecho, muchas de ellas tuvieron que continuar dependiendo de sus maridos o familiares, igual que le había ocurrido a María Winkelmann un siglo antes. Este fue, por ejemplo, el caso de Caroline Herschel, quien en un principio solo pudo acceder al trabajo de astrónoma como ayudante de su hermano. Juntos, descubrieron el planeta Urano y estudiaron por primera vez astros situados fuera del sistema solar, entre otros objetos astronómicos. Afortunadamente, su trabajo sí que terminó siendo reconocido, al menos en parte, por lo que terminó convirtiéndose en una de las primeras mujeres científicas en recibir un salario por su labor.

Siglo XX: Las mujeres llegan al Nobel… y al espacio

Ya en el siglo XX, comenzó a tomarse más en serio el trabajo de algunas mujeres científicas, llegando incluso a poder ver sus nombres en el palmarés de los Premios Nobel. De hecho, no fue necesario esperar nada más que dos años, desde que comenzara a entregarse este galardón, para que Marie Curierecibiera uno de ellos, el de física concretamente. Esto fue en 1903, pero ocho años después, en 1911, se hizo también con el de química.

Como ella, otras nueve mujeres han obtenido este premio en categorías científicas a lo largo del siglo XX, y otras ocho en el XXI. Sin embargo, otras muchas tuvieron que ver en muchas ocasiones cómo un hombre-o varios- se llevaba el Nobel por un trabajo en el que ellas habían tenido mucho que ver.

Esto es lo que le ocurrió a Rosalind Franklin, quien aportó la imagen necesaria para que Watson y Crick descubrieran la estructura de la molécula de ADN, que les valdría el ansiado premio. Ella no lo recibió. A cambio murió joven, a causa de un cáncer posiblemente provocado por los rayos X que le habían ayudado a lograr la instantánea.

Tampoco fue galardonada Jocelyn Bell, a pesar de que fue ella la que observó por primera vez un púlsar, dando lugar al descubrimiento que valió el premio Nobel a su compañero Anthony Hewish.

Con el siglo XX llegó también la era aerospacial, una época en la que el hombre podía soñar por primera vez con llegar al espacio. ¿Pero podían las mujeres? En realidad sí, pero lo tenían mucho más complicado. Todo empezó en los años 60. Enviar humanos al espacio había dejado de ser un sueño, para convertirse en una meta alcanzable, que obsesionaba a rusos y estadounidenses por igual. En la Unión Soviética, en 1961 celebraban el lanzamiento exitoso al espacio exterior de la nave Vostok, en la que viajaba el cosmonauta Yuri Gagarin, que se convertiría de ese modo en el primer ser humano en viajar hasta allí. Pero la URSS también contaba con un equipo de mujeres cosmonautas, entre las que destacó Valentina Tereshkova, que en 1963 se convertiría en la primera mujer en viajar al espacio

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